En los últimos años se ha vuelto común recomendar la práctica de la gratitud como una herramienta para mejorar el bienestar personal, reducir el estrés y reencuadrar cognitivamente la experiencia cotidiana. Agradecer lo que se tiene, lo que se recibe o lo que se vive —incluso en contextos adversos como los que viven millones de personas en países como México— ha demostrado tener efectos positivos en la percepción subjetiva de la vida. Sin embargo, existe una práctica cercana, menos difundida y quizá aún más poderosa: registrar las propias “victorias” diarias, por pequeñas que parezcan. Se trata de un tema con el que podemos empezar mejor el año 2026.
La idea es simple, pero no trivial. Consiste en anotar cada día aquello que hicimos bien, aquello que logramos, aquello en lo que ejercimos activamente nuestra capacidad de decisión y de acción: cumplir un plazo, sostener una conversación significativa, hacer reír a alguien, apoyar a un familiar, resolver un problema menor que llevaba tiempo pendiente. No se trata de hazañas extraordinarias ni de logros socialmente visibles. Se trata, más bien, de actos concretos de logro y realización personales.
La diferencia con la gratitud es sutil pero relevante. Mientras la gratitud pone el acento en lo recibido —muchas veces desde fuera—, el registro de victorias pone el foco en lo hecho, en lo que depende (al menos en parte) de nosotros. En un contexto cultural que oscila entre la hiperexigencia y la sensación de impotencia, esta distinción no es menor.
Seguramente a Ustedes les pasa igual que a mi y comparten la percepción de que uno de los rasgos más extendidos de la vida profesional contemporánea es la sensación de que “nunca es suficiente”. Se trabaja mucho, se cumplen obligaciones, se sostienen múltiples responsabilidades, pero la atención suele dirigirse casi exclusivamente a lo que falta, a lo que no salió del todo bien o a lo que aún queda por hacer. El resultado es una narrativa interna persistentemente deficitiva respecto a nuestros logros o metas tanto personales como profesionales.
Registrar las victorias diarias opera como un contrapeso cognitivo frente a esa inercia. Obliga a detenerse, a mirar el día con otros ojos y a reconocer que, incluso en jornadas difíciles o emocionalmente pesadas como las que caracterizan el trabajo cotidiano de muchos abogados, rara vez somos sujetos completamente pasivos. Casi siempre hay decisiones tomadas, gestos realizados, tareas completadas. Hay movimiento.
Desde una perspectiva psicológica, esta práctica refuerza la percepción de autoeficacia: la convicción de que somos capaces de incidir en nuestra realidad, aunque sea de forma modesta. Desde una perspectiva más filosófica, recuerda algo esencial: no somos únicamente aquello que nos ocurre, sino también aquello que hacemos con lo que nos ocurre.
Una objeción habitual a este tipo de ejercicios es su aparente trivialidad. ¿De verdad cuenta como un gran logro que merece ser recordado el haber respondido un correo complicado, haber escuchado con atención a un amigo o haber tenido una conversación amable con alguien cercano? Desde mi punto de vista, precisamente ahí radica su fuerza.
Las grandes metas que todos tenemos —sean profesionales, económicas o académicas— suelen estar lejos en el tiempo y dependen de múltiples factores que no controlamos del todo. Las pequeñas victorias, en cambio, son inmediatas, verificables y acumulativas. Construyen una sensación de continuidad y coherencia personal: hoy hice algo valioso; mañana probablemente también podré hacerlo.
Además, este enfoque desactiva una trampa frecuente del perfeccionismo: la idea de que solo merece reconocimiento aquello que es excepcional. Registrar pequeñas victorias educa nuestra mirada para reconocer el valor del esfuerzo cotidiano, del cuidado, de la constancia y de la atención al otro, dimensiones esenciales pero poco celebradas de la vida adulta.
Conviene subrayar que este ejercicio no implica negar las dificultades, minimizar el dolor ni adoptar un optimismo superficial. No se trata de “pensar en positivo” de manera acrítica. Por el contrario, registrar victorias puede ser especialmente útil en los días malos, cuando el malestar tiende a monopolizar la interpretación de toda la jornada.
En esos días, anotar una o dos acciones concretas —por mínimas que parezcan— tiene un efecto desproporcionado: rompe la narrativa del fracaso total y muestra que incluso en contextos adversos seguimos siendo sujetos activos. No todo estuvo perdido. Algo se sostuvo.
Como ocurre con muchas prácticas de autocuidado intelectual y emocional, el impacto del registro de victorias no es inmediato ni espectacular. Su eficacia es acumulativa. Con el paso de las semanas, el cuaderno —o el archivo digital— se convierte en una evidencia tangible de continuidad, esfuerzo y resiliencia. Una especie de archivo personal de competencia silenciosa.
Releer esas notas en momentos de duda o cansancio permite constatar algo fundamental: somos más consistentes, más capaces y más presentes de lo que nuestra autocrítica suele admitir.
En un mundo que valora casi exclusivamente los resultados finales, detenerse a reconocer las pequeñas victorias diarias es un acto de resistencia discreta. Y, a la vez, una forma sobria y eficaz de recordar algo esencial: incluso en los días más difíciles, rara vez nos vamos con las manos completamente vacías.
También te recomendamos…
Sígueme en redes sociales
Recibe nuevo contenido directamente en tu bandeja de entrada.