25 de marzo de 2026.
Señor Presidente de ISAE Universidad;
Señor Rector;
Integrantes de la Junta Directiva;
Autoridades universitarias;
Colegas;
Amigas y amigos;
Señoras y señores:
Recibo esta distinción con profunda gratitud, con emoción sincera y también con un sentimiento de responsabilidad que no quisiera disimular. Agradezco a ISAE Universidad el honor inmenso que hoy me confiere. Lo agradezco no solamente como una deferencia personal, sino como un reconocimiento a ciertas ideas, a ciertos empeños intelectuales y a una forma de entender el derecho como instrumento de racionalidad pública, de defensa de la dignidad humana y de contención del poder.
Toda distinción académica de esta naturaleza conmueve. Pero el Doctorado Honoris Causa tiene una significación especial, porque expresa algo más que aprecio institucional: representa una incorporación simbólica a una comunidad universitaria, a una tradición de pensamiento, a una conversación más amplia que atraviesa generaciones, fronteras y disciplinas. Por eso lo recibo con humildad y con conciencia plena de su significado.
Deseo expresar mi agradecimiento a las autoridades de esta casa de estudios, a quienes hicieron posible esta ceremonia, a quienes han tenido la generosidad de pronunciar palabras sobre mi trabajo, y a todas las personas que, a lo largo de los años, han acompañado mi trayectoria académica. Ninguna obra intelectual es enteramente individual. Detrás de cada libro, de cada clase, de cada conferencia y de cada proyecto, hay siempre maestras y maestros, colegas, estudiantes, amistades, afectos, debates, lecturas, discrepancias fecundas y aprendizajes compartidos. Este reconocimiento, en esa medida, no lo siento exclusivamente mío.
Permítanme decir, además, que este honor adquiere para mí una dimensión todavía mayor por el hecho de recibirlo en la misma ceremonia que el doctor Luigi Ferrajoli. Compartir este acto con uno de los juristas más influyentes de nuestro tiempo constituye un privilegio excepcional. Para cualquier estudioso del derecho público, de los derechos fundamentales, de la teoría jurídica o de la filosofía del derecho, el nombre de Ferrajoli remite de inmediato a una obra de enorme rigor, de admirable coherencia y de extraordinaria fecundidad intelectual.
La obra de Luigi Ferrajoli ha dejado una huella profunda en la cultura jurídica contemporánea. Su pensamiento nos ha enseñado, entre muchas otras cosas, que el derecho no puede reducirse a una técnica de organización del poder, ni a un conjunto de formas vacías, ni a una mera maquinaria institucional. El derecho, para ser digno de ese nombre, debe ser también un sistema de garantías. Debe servir para proteger a las personas, especialmente frente a los abusos del poder público y frente a las múltiples formas de arbitrariedad que amenazan la libertad, la igualdad y la dignidad.
Esa es, me parece, una de las mayores lecciones del garantismo: recordarnos que la civilización jurídica se mide por la fuerza de sus límites al poder. Allí donde no existen límites efectivos, controles institucionales, derechos exigibles y jurisdicciones independientes, lo que aparece no es un orden jurídico en sentido pleno, sino una forma más o menos sofisticada de dominación. Ferrajoli nos ayudó a comprender con claridad que la grandeza del constitucionalismo contemporáneo no reside en la retórica de los derechos, sino en la construcción de garantías capaces de volverlos reales.
Su pensamiento también ha sido decisivo para mostrar que la democracia no se agota en la regla de la mayoría. La mayoría es indispensable, sin duda, pero no suficiente. Una democracia constitucional exige, además, vínculos, límites y contenidos sustantivos. Exige reconocer que hay esferas que ni siquiera la mayoría puede legítimamente vulnerar: la esfera de los derechos fundamentales, la esfera de la dignidad humana, la esfera de aquello que convierte a cada persona en un fin en sí mismo y no en un simple instrumento del poder o de la coyuntura política.
Esta idea, tan sencilla en su formulación y tan exigente en sus consecuencias, ha sido una brújula decisiva para varias generaciones de juristas en Iberoamérica. En contextos como los nuestros, marcados con frecuencia por desigualdades persistentes, déficits institucionales y distancias dolorosas entre la norma y la realidad, la obra de Ferrajoli ha sido una invitación permanente a tomarnos en serio el derecho. A tomarnos en serio la Constitución. A tomarnos en serio los derechos fundamentales. Y, sobre todo, a tomarnos en serio la obligación de diseñar instituciones que hagan posible su eficacia.
Hay en su trabajo, además, una lección metodológica que considero particularmente valiosa: la exigencia de precisión conceptual. Ferrajoli ha mostrado que la defensa de los derechos no está reñida con el rigor analítico; al contrario, depende de ese rigor. No basta con compartir nobles ideales; es necesario construir categorías, distinguir planos, identificar falacias, depurar conceptos, ordenar argumentos. En tiempos de simplificación y de ruido, su obra nos recuerda que la claridad también es una forma de responsabilidad moral.
Para quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida al estudio del derecho constitucional, de los derechos humanos y de la argumentación jurídica, leer a Ferrajoli ha sido una experiencia formativa de primer orden. Su pensamiento nos ha obligado a ser más rigurosos, más exigentes y también más conscientes del sentido último de nuestro trabajo. Porque al final, detrás de toda buena teoría jurídica, hay siempre una pregunta práctica y decisiva: ¿cómo impedir la arbitrariedad y cómo proteger mejor a las personas?
Si algo he intentado hacer en mi propio itinerario académico, ha sido precisamente contribuir, desde mis posibilidades, a la consolidación de una cultura constitucional más robusta, más exigente y más comprometida con los derechos. He creído siempre que el trabajo del jurista no puede limitarse a describir el derecho vigente; debe también ayudar a mejorar su comprensión, a perfeccionar sus instituciones y a expandir sus promesas emancipatorias. El estudio del derecho, cuando se practica con seriedad, no es un ejercicio de erudición estéril, sino una forma de servicio público.
Por eso recibo este honor no como punto de llegada, sino como motivo de renovación. Lo entiendo como un llamado a seguir trabajando, a seguir enseñando, a seguir escribiendo, a seguir aprendiendo y a seguir defendiendo, desde la universidad y desde el debate público, los valores del constitucionalismo democrático. En una época atravesada por tentaciones autoritarias, por desconfianza institucional y por discursos que trivializan los derechos, la tarea de las universidades y de los juristas resulta más importante que nunca.
Las universidades tienen hoy una responsabilidad inmensa. Deben formar profesionales competentes, desde luego, pero también ciudadanas y ciudadanos libres, críticos y conscientes del carácter central de la dignidad humana. Deben producir conocimiento, pero también criterio. Deben custodiar la memoria del saber, pero también abrir caminos para el futuro. Y deben hacerlo sin renunciar a la independencia intelectual, sin someterse a los dogmatismos y sin abdicar de su vocación humanista.
Concluyo reiterando mi más sincero agradecimiento a ISAE Universidad por esta distinción que me honra profundamente. Agradezco, igualmente, la generosidad de quienes han considerado que mi trabajo merece este reconocimiento. Y expreso, una vez más, el inmenso privilegio que representa para mí compartir este momento con el doctor Luigi Ferrajoli, cuya obra seguirá iluminando, estoy seguro, a muchas generaciones de juristas.
Recibo este Doctorado Honoris Causa con gratitud, con humildad y con renovado compromiso. Compromiso con el estudio serio del derecho. Compromiso con la enseñanza. Compromiso con la libertad, la igualdad, la dignidad humana y los derechos fundamentales. Compromiso, en suma, con esa vieja y siempre nueva aspiración civilizatoria que consiste en someter el poder a la razón y poner el derecho al servicio de la persona.
Muchas gracias.
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