Pensar como un abogado

En el Siglo XXI, las competencias y habilidades transversales son el factor clave para lograr el éxito laboral y ofrecer opciones viables de trayectoria profesional dentro un mercado cada vez más competitivo. Las habilidades transversales se refieren al conocimiento aplicado que la persona tiene para maximizar el desempeño profesional y laboral.

Miguel Carbonell / Director del Centro de Estudios Jurídicos Carbonell

Retomando una conocida idea de Frederick Schauer[1], considero que la tarea principal de la enseñanza del derecho es preparar a los alumnos para que sepan pensar como un abogado.

Eso significa que no tenemos que centrarnos en vanos ejercicios para que los estudiantes memoricen textos legales, ni tampoco podemos dedicar excesivo tiempo a exponer teorías jurídicas o enfoques doctrinales que ya se han superado. Debemos centrarnos en lo principal: hacer que nuestros estudiantes razonen frente a un problema como lo hacen los abogados. O incluso más: como lo hacen los buenos abogados, los mejores, los número uno.

Para lograr ese objetivo debemos de tomar en cuenta algunas premisas que en buena medida complementan lo que se expondrá en las siguientes cartas, pero que me parece importante enunciar de manera general en este momento.

Para que nuestros alumnos aprendan a pensar como abogados es necesario entre otras muchas cosas lo siguiente:

1) Que sepan que los ordenamientos jurídicos actuales se integran por un número importante de fuentes del derecho. La complejidad de los ordenamientos jurídicos de nuestros días, en cualquier materia, debe ser un punto de partida permanente en nuestras explicaciones. Si un maestro de derecho penal, civil o administrativo solamente expone el contenido del código penal, del código civil o de la legislación administrativa seguramente será un mal maestro. Ese profesor debe hacerles ver a los alumnos que junto al código y las leyes existen otras fuentes del derecho y que un buen abogado debe conocerlas y manejarlas con soltura. Ese conocimiento y adecuado manejo de todas las fuentes del derecho comienza en el aula.

2) Que tengan claro que todo abogado exitoso sabe llevar a cabo complejos procesos interpretativos y que lo hace tomando en consideración el papel que le toca jugar en el caso concreto del que está conociendo. Hay que dejar perfectamente sentado esto: lo que hacemos los abogados es interpretar normas jurídicas y, a partir de dicha interpretación, desarrollar argumentos a favor de la causa que estamos defendiendo. Los alumnos deben tener la capacidad de encontrar una norma jurídica que sea relevante, saber desentrañar su significado y estar en posibilidad de aplicarla a un caso concreto para lograr resolverlo. Y deben hacer esa operación con independencia de la postura que les toque ocupar en un determinado caso: deben saber hacerlo tanto si se desempeñan como fiscales y están acusando a una persona de haber cometido un delito, como si son defensores de esa misma persona o si son jueces y les va a tocar decidir sobre su inocencia o culpabilidad. Los buenos abogados construyen argumentos válidos en todas las posiciones que les toca ocupar; los alumnos deben saberlo y además deben estar preparados para hacerlo así.

3) En virtud de lo que acabamos de señalar en el punto anterior, los estudiantes deben enfrentarse a casos prácticos desde los primeros semestres de la carrera (incluso desde que inician el primer semestre, como sucede en las universidades de los Estados Unidos y en muchas universidades europeas). Eso les va a permitir entrar en contacto con la realidad de nuestro sistema jurídico y les va a enseñar a identificar los detalles que hacen que un caso se gane o se pierda. No tengo duda de que deben tener sólidas bases conceptuales y teóricas, pero también es cierto que deben tener la capacidad de resolver casos concretos. Esto es lo que exige el ejercicio de la profesión y es algo que no podemos olvidar cuando damos clase. Los casos concretos les hacen ver a los estudiantes “la vida del derecho” tal como funciona en la realidad, más allá de lo que les cuenten los libros de doctrina jurídica.

4) Los alumnos deben saber que un abogado siempre debe ofrecer sus puntos de vista y defenderlos dando razones. En un Estado de derecho no se admiten los argumentos de autoridad. No sirve de nada que en un tribunal un abogado diga “Me asiste la razón y por tanto mi cliente es inocente porque lo digo yo”. Que lo diga él o que lo diga un teórico en sus libros o que lo diga cualquiera de sus colegas abogados no supone ni implica una buena razón.

Para poder demostrar cualquier punto de vista con razones se debe estar en capacidad de construir argumentos. Esa es, de hecho, la segunda finalidad de toda interpretación jurídica. La primera es desentrañar el significado de una norma, identificando los mandatos, derechos, prerrogativas, etcétera establecidos por el autor de la norma. La segunda finalidad es aplicar esos significados (ese “texto interpretado”) para construir razones y argumentar a favor o en contra de tal o cual punto de vista.

En síntesis, podemos afirmar que las escuelas y facultades de derecho tienen como misión central dotar a los alumnos de la capacidad de pensar como un abogado y que para ello son indispensables cuatro cosas:

1) conocer la complejidad del sistema de fuentes del derecho que tiene actualmente todo sistema jurídico;

2) saber interpretar las normas que lo integran;

3) tener capacidad de resolver casos concretos; y

4) saber ofrecer razones que le den sustento a sus puntos de vista y a las posturas que se van a defender.


[1] Schauer, Frederick, Pensar como un abogado. Una nueva introducción al razonamiento jurídico, Madrid, Marcial Pons, 2013.

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